Béziers

3 abril 2011 at 22:28

Fotografía: Wikimedia

Ya quiero que termine mi cuarentena, necesito mi indulgencia por participar en esta cruzada, así mis pecados serán perdonados y podré vivir en paz. Mis compañeros aún están entusiasmados, pero yo sólo quiero salir corriendo de acá, quiero que termine mi servicio para volver a casa, pero no puedo irme.

Siempre fui un hombre fuerte, nunca temí al combate pero ahora me siento diferente. Sentí dolor muchas veces, pero esas contusiones en mi lado derecho duelen más que una herida de espada. No sé qué es lo que quiere Dios de mí.

La verdad no lo puedo entender, soy un hombre de Dios, he hecho todo lo que me han dicho y sé que mis pecados deberán ser perdonados, pero no puedo olvidar su rostro.

Fue hace cinco días, frente a Béziers, cuando vi a mi amigo siendo golpeado por esos malditos, golpeado hasta la inconciencia y luego lanzado al río Orb, nadie esperaba que hicieran eso. Hacía mucho calor, nos invadió la ira, salimos corriendo detrás de esos hombres y les dimos su merecido. Podrá estar el demonio de su lado, pero vaya que son imbéciles, habían dejado la puerta abierta. No, la verdad es que Dios estaba con nosotros.

Llegaron los demás y entramos a la ciudad, comenzamos a golpear y romper todo lo que encontramos a nuestro paso, la orden era matarlos a todos. Ese era un hervidero de pecadores y debían ser castigados. Mi compañero me contó que el Legado había dicho que Dios reconocería a los suyos, así que la cuestión era fácil, nada de qué preocuparse.

Siempre fui un buen guerrero así que no me costó avanzar, mucha gente estaba sin armas así que no me fue difícil matarles, seguramente ya estaban resignados a que tenían que recibir su castigo. Varios intentaron golpearme, pero antes de que pudieran hacer algo ya habían quedado inconcientes con mi garrote, todo el entrenamiento valió la pena.

Eramos un montón así que rápidamente cumplimos nuestra misión, todo estaba saliendo bien cuando llegamos hasta la iglesia. Allí estaban todos esos malditos implorando piedad, después de haber insultado a Dios con sus rituales obscenos, con sus creencias malignas ¡Con qué derecho!. Las mismas bocas que besaban el trasero de lucifer convertido en un gato negro, ahora pedían la misericordia de Dios. ¡Gracias a Dios que estábamos allí para matarlos y terminar de una vez con toda esa porquería!

Me lancé con mi garrote y golpeé a todo el que se me cruzaba, hombres, mujeres, niños. ¡Todos debían morir! En ese momento sentí que mi salvación estaba cerca, estaba cumpliendo las órdenes de Dios.

Todo cambió cuando perdí mi garrote, se me soltó de la mano y alguien lo lanzó lejos. Me asusté pero, como buen guerrero, me abalancé sobre el primero que encontré, era un niño, debe haber tenido unos diez años cuando mucho. No podía partirle la cabeza así que lo levanté con fuerza, desesperado me dio algunas patadas en mi costado derecho, golpes que me hicieron sentir aún más ira. Lo agarré por el cuello y comencé a estrangularlo, mis manos son fuertes pero aún así no moría, me quedó mirando con cara de horror, su rostro me impactó como no lo había hecho ninguna otra cosa antes, era apenas un niño. Recordé a mis hijos y no pude aguantarlo más, lo azoté contra el suelo, miré para otro lado, no sé en qué instante dejó de moverse, mis manos estaban ensangrentadas. Para ese momento casi todos los herejes habían muerto. Me quedé paralizado, observando aquella escena, los gritos, el azote de las cabezas contra las piedras, el olor a sangre, no podía creer que estaba dentro de una iglesia.

Dios reconocería a los suyos… Yo me pregunto si me hubiera recibido en el cielo o me hubiera mandado al infierno de haber muerto allí, se supone que no debemos matar, pero esa era la orden. Ese niño no podía ser parte de esos malditos, lo vi en sus ojos, esos ojos que nunca se borrarán de mi mente. Dios reconocería a los suyos, yo reconocí a uno y tuve la oportunidad de protegerlo, era uno de los nuestros… ¡Era un niño! pero no, lo maté.

No soporto el recuerdo, no soporto esa escena, no soporto el dolor de sus patadas. Mi cuerpo se repondrá, pero las marcas nunca se irán.

Sí, quizás era un demonio, un demonio que tomó la forma de un niño inocente para confundirme y hacerme pecar ¡Qué infame!. El problema es que aún así su imagen no me deja tranquilo, quisiera que Dios me ayudara, no puede ser que un demonio sea más fuerte que Él. A menos que realmente haya sido un niño inocente, le haya asesinado y Dios me esté castigando por eso.

¡Quiero salir de aquí! No quiero ver morir a más gente. Quiero que termine mi cuarentena, para recibir la indulgencia y poder vivir en paz. ¡Quiero salir de aquí!

Rodrigo Maureira 03-04-2011 11:25 p.m.

Basado en la masacre de Béziers, el 22 de julio de 1209

Mi agradecimiento a Waldylei Yépez por la revisión del texto